Pepe Eliaschev - Periodista

Un anexo de www.pepeeliaschev.com.ar

3.10.2006

Enojo permanente
Pepe Eliaschev
Es poco probable que Néstor Kirchner haya leído alguna vez a León Trotsky, pero ¿no será que la palabra “permanente” usada por el estratega bolchevique lo fascinó en profundidad?
Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, acuñó a principios del siglo XX la noción de “revolución permanente”. Era, en las ensoñaciones del inteligente y volátil líder comunista, el concepto que anudaba lo que veía como irrompible cadena de estallidos sociales que llevarían al proletariado ruso de reclamaciones democráticas burguesas a transformaciones directamente colectivistas.
El Presidente no aspira a tanto. No lo apasiona la revolución incesante. No debería, además, ser ése su proyecto, ni jamás lo fue. Pero en algo ama la permanencia el Presidente: sus enojos son omnipresentes y sus retos al periodismo son denominadores comunes insistentes en sus arengas.
La semana que termina, Kirchner “atendió” desmesuradamente a Clarín y lo hizo con el peor de los enojos, que pretende encubrir en divagaciones campechanas y seudo cordiales.
El Presidente no es violento con el periodismo, ni en las palabras ni en los actos que produce. Su belicosidad se edifica de otra manera: al elegir adversarios mediáticos, aun cuando se esfuerza por lucir cordialidad paternal, gestualidad y conceptos antidemocráticos que subyacen en sus filípicas exhiben la permanencia de su bronca.
La bronca, desde luego, no es argumento republicano ni aconsejable método democrático para aclarar entuertos.
Kirchner hace esfuerzos admirables por ser, a su manera, cordial, pero le salen reclamos despechados. Al anunciar la licitación del plan de modernización ferroviaria, en la Casa Rosada, se explayó de manera asombrosa sobre un artículo de Clarín que anunciaba el comienzo de los estudios para reformar el sistema impositivo argentino. Desmesuradamente emocional, el Presidente intentó aplacar su furia con inútiles mieles condicionantes. Dijo que Clarín es “un prestigioso diario argentino”. Confesó hablar “con todo afecto y todo respeto, porque yo tengo respeto por esos periodistas”. Admitió: “me puedo equivocar, seguramente lo hago todos los días, pero mentir no miento”.
Sin embargo, al volver al punto ciego de su retina, el Presidente retomó uno de los caballos de batalla principales de Cristina Fernández de Kirchner, sobre el que insiste hace mucho: “No he visto a ningún diario ni a ningún periodista, o a la mayoría de ellos sacar fe de erratas o rectificarse. Ellos no se equivocan nunca, siempre dicen la verdad”, anunció.
De inmediato hizo una afirmación temible, como si desde el túnel de la historia rugieran los huracanes dialécticos de los feroces años Setenta: “Nos quieren escribir el país a través de su diario o de los medios. Se tienen que dar cuenta de que los argentinos ya hemos aprendido a desconfiar de ciertas cosas”.
El bueno y el malo, cachiporra impiadosa y –enseguida- café con un buen cigarrillo para conversar amablemente: “le quiero decir con todo respeto a este amigo periodista que respeto…”.
Lo que en un país serio, pero en serio, hubiese sido terso anuncio de prensa de la Presidencia, para Kirchner es episodio de dramatismo inaudito: “le pido a este amigo periodista que haga una fe de erratas, aunque sea chiquitita”.
Kirchner asegura que los blancos de su ataque “son buena gente, son buenos periodistas, tienen la suerte de trabajar en un buen diario”, pero enseguida, como lo hizo la campaña electoral de 2003 (“¡ayuden a este pingüino que está solo!”) reiteró “¿por qué no me ayudan un poquito? Ayúdenme, si soy un ser humano falible”. Y tras el abierto pedido de piedad, el análisis ideológico: “dejemos de lado esa actitud autodestructiva que a veces también la tienen los medios”.
Al final, carozo conceptual: “el día que escuche de los medios de prensa una autocrítica estamos empezando a andar una nueva Argentina, porque si no, ellos nunca se equivocaron. Uno va a creer más en un medio si tiene la capacidad de auto-criticarse o decir: 'tuve una mala información'”.
Acordes finales con sarcasmo elogioso al “prestigioso diario” y a “estos prestigiosos amigos” Y estocada final: “¿En qué mundo viven?”.
El Presidente defiende con razones válidas su condición de ciudadano con ideas y emociones. Hombre de carne y hueso, nadie puede quitarle esos atributos; ama y odia, elogia y critica, se alegra y se deprime, se entusiasma o se aburre. Obvio.
Pero en ese fervoroso reclamo de ser uno más, Kirchner se equivoca gruesamente. ¿Se equivoca? ¿No será que, al salir al ruedo con tanto voltaje, su investidura presidencial es una aplanadora que oblitera comentarios adversos?
No es un cualquiera: es el Presidente. Por eso el país le paga, a él y a su mujer, los viajes en helicóptero y los fines de semana en El Calafate a bordo del Tango 01. Como presidente de la Argentina, disfruta de prerrogativas, privilegios y ventajas que no son accesibles para el resto.
Pero cuando responde, replica, se ofusca y se emociona, no debería olvidar cuál es su función. En una república seria, errores o distorsiones son aclarados por funcionarios adecuadamente instruidos y capacitados para hacerlo, no por un Presidente a las trompadas:
Eso: a Kirchner le fascina boxear al periodismo, y cada vez que puede no pierde la ocasión.
Tocante a las virtudes del periodismo argentino en materia de introspección autocrítica, Kirchner es basto e injusto, gratuitamente ofensivo. Sus comentarios revelan un desconocimiento llamativo o esconden propósitos que no pueden ser santos. Además de PERFIL, que dedica dos páginas de cada edición a corregirse, excusarse, rectificarse o aclarar informaciones, en rúbrica que lleva la respetable firma de Nelson Castro. La Nación publica hace años una fe de erratas diarias. Somos varios los periodistas que asumimos el error con alegría y sentido del deber.
Pero imaginemos que no fuera así, que ningún medio y ningún periodista argentino se auto criticó jamás, ¿qué docencia hizo, en cambio, el Presidente?
Cuando metió la pata en el caso de los malhadados cassettes de la AMIA con grabaciones secretas (dijo que habían aparecido y no era así), en vez de asumir el error, culpó a la AMIA de haberlo malinterpretado. Y en cada acto de prepotencia contra el periodismo, abierta la posibilidad de rectificar, corregir o desautorizar a algún pequeño o pequeña López Rega, eligió esa proverbial “auto rectitud” de no asumir jamás fallas concretas, aunque en todo momento se ufane (generalizadamente, claro) de su humana falibilidad.
Permanente perfil de despecho: un Presidente enojado, sobre todo con los partidos políticos y con el periodismo. No con todos los políticos, claro, como demuestra la conmovedora kirchnerización de Carlos Ruckauf y Alfredo Atanasoff. No con todos los periodistas, tampoco, ¿o acaso no se fascina con sus monólogos con Radio 10?
Fue publicado y no es primicia, pero vale reiterar lo que Kirchner reveló a poco de asumir: “me lo anunció el propio Presidente en una conversación privada, en su despacho, en junio de 2003, a pocas semanas de asumir. Sentado a una larga mesa, me pidió un bolígrafo, manoteó un trozo de papel, y dibujó un gráfico elemental, un punto del que arrancan varias rayas hacia fuera. ‘Radial, así gobernaré’ me dijo, mientras añadía círculos concéntricos con la birome”. Radial: sin partidos, sin prensa, solo con el pueblo.
Este párrafo aparece en la página 20 del libro “La intemperie” (Fondo de Cultura Económica). Se publicó en septiembre de 2005 y su autor es quien firma esta columna.
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El nuevo Dios oficial: la “gente”.
Pepe Eliaschev

Lo seguimos echando a De la Rúa. Aunque parezca mentira, o “bizarro”, como se farfulla ahora, la temperatura de escrache y motín perpetuo domina con solvencia el escenario. Enojados más que nunca, hoy tenemos en la Argentina, además, un gobierno que tiene miedo de los huevazos. Y desde el terror a la impopularidad, a partir del pánico a ser bochado por los sondeos de opinión, gestiona acompañando, e incluso duplicando, la apuesta del asambleísmo permanente en contra de las instituciones.
Cromañón y Gualeguaychú evidencian hasta el paroxismo la formidable paradoja nacional: diciembre de 2001 fue la fecha del derrumbe final de una cierta vigencia de la legalidad. Las puebladas que precedieron y sucedieron a esas semanas trágicas marcaron la obliteración de la noción de representatividad.
Cuatro años después, estamos ebrios de un fundamentalismo al revés: la voz del pueblo es ahora la voz de Dios, en todos los casos y en el sentido más pedestre y superficial del concepto.
Ahora mismo, la política del Gobierno exhibe lo que Vicente Palermo (Debate, 9 de febrero de 2006) califica como un “seguidismo deplorable”: las autoridades son llevadas de la nariz por la santa indignación vecinal. Es el síndrome de Cromañón.
Adolfo Pérez Esquivel, que no ha sido obsecuente con ningún gobierno y que no hizo con Kirchner “la gran Bonafini”, viene de ponerlo negro sobre blanco: “no es posible ignorar hechos preocupantes, algunos de ellos marcados por el dolor que permanece y por los reclamos legítimos a los que el gobierno, poder judicial y la sociedad deben responder. Lamentablemente, un grupo de familiares de las víctimas han condenado al Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, acusándolo de ser responsable de la tragedia y de ‘asesino, corrupto, etc.’. Todas las broncas contenidas se descargan sobre él. Las fuertes presiones de algunos familiares y la decisión de los legisladores de diversos partidos políticos, han logrado que fuera suspendido en sus funciones para ser llevado a juicio político. Algunos familiares han recurrido a las amenazas contra los fiscales y legisladores y a los ‘escraches’. Otros legisladores discriminan a familiares que no están de acuerdo con esos procedimientos y que denunciaron en reiteradas oportunidades las amenazas a Ibarra y a su familia y al empresario Chabán”.
Miedo, terror, recelo, inseguridad: un Gobierno que se ufana de intimidar a periodistas y empresarios, aparece hoy como incapaz de asumir decisiones que confronten con una cierta pero muy devaluada sabiduría convencional.
Pero, ¿cómo, acaso no era que los políticos no representábamos a la gente? Bueno, aquí ven, observen, para que tengan y para que guarden: ésta será la era de la gentecracia, delirio de encuestadores, delicia de sociólogos, excelsitud de la demagogia.
¿Cuál es el problema de decirles a los “ambientalistas” gualeguaychenses que deben levantar los cortes en la frontera con Uruguay, ya mismo? Quienes gobiernan le escapan con pánico al pulgar hacia abajo de los medidores de opinión: este Gobierno no hará nunca nada que pueda ser percibido como contrario a la voluntad popular.
Me lo repito todos los días: ¿pero esto no será positivo? O, como se estila rebuznar ahora, ¿no “estará” bueno? Porque el mensaje es que este Gobierno escucha, no es una tropa de sonámbulos encabezada por un autista.
Tengo, empero, malas noticias: solo el Gobierno decodifica unilateralmente cuándo “la gente” es lo que en una democracia llamamos el pueblo y cuándo en un pueblo se configura una mayoría.
Decretar que se hace lo que la gente quiere es asesinar el núcleo duro de una república, que es la organización de la voluntad ciudadana a través de mecanismos de representación.
Para mí no hay dudas de que el presidente Kirchner cancela, de hecho, ese precepto irrenunciable cuando admite su terror a la imposición de voluntades minoritarias ocasionalmente vividas como masivamente dominantes.
Blumberg, por ejemplo. En su momento, el Gobierno temblaba por la posibilidad de una pueblada autoritaria que se llevara puesto a Kirchner con el evangelio de la mano dura con el crimen. ¿Qué hizo entonces el Presidente? Lo abrazó y mimó y enalteció y jerarquizó a ese hombre, convertido de pronto en una especie de suprema autoridad en materia de leyes, penas e investigaciones policiales.
Blumberg, directamente, inspeccionaba juzgados y comisarías como si fuese las Naciones Unidas buscando armas de destrucción masiva en Iraq.
¿Dónde está hoy Blumberg y qué representa?
Pero, picaneado por el pánico a que un nuevo secuestro llevase a “la gente” a convertir a Blumberg en máximo referente nacional, el Gobierno cortejó con oportunismo pedestre al padre de Alex, el muchacho asesinado, y se obligó a precipitarse en una serie de reformas legales hechas de apuro y a las trompadas.
Con Cromañón, pasa lo mismo. La extraña combinación pergeñada por la Legislatura de la Ciudad, donde el ala más reaccionaria del macrismo y derivaciones extravagantes de una lumpen izquierda emergen como mascarones de proa en el juicio al jefe de Gobierno, consiguió resultados sorprendentes.
Aposentados en un panóptico supremo desde el cual juzgan la corrección o la pecaminosidad de los demás, los familiares de quienes perdieron sus vidas aquella noche son intocables para el Gobierno.
¿No pagó, acaso, Aníbal Fernández con dinero del Estado 50.000 pesos mensuales durante tres meses a dos estudios jurídicos representantes de familiares para que pudieran litigar lubricadamente contra el Estado nacional? ¿No era uno de esos bufetes el de José Iglesias, uno de los líderes del juicio político a Aníbal Ibarra?
A veces hay que decirlo todo: desde el poder actual la prosternación ante lo que percibe como “lo que quiere la gente” deviene en medidas tangibles, efectividades conducentes, papel moneda, money, plata, biyuya. Billetera mata “nueva política”.
En el tema de las plantas de celulosa, opina el Dr. Mario R. Féliz, profesor titular de Química Inorgánica e investigador universitario, “lo sorprendente es el comportamiento de las autoridades provinciales y nacionales que haciendo gala, aparentemente, de falta de liderazgo y ‘seguidismo de masas’ han llevado el asunto al grado de conflicto internacional. ¿Surge la actitud gubernamental argentina, acaso de una sincera preocupación, casi rousseauniana, por la conservación de la naturaleza? En nuestro país existen unas 10 plantas de producción de celulosa que vierten sus efluentes al río Paraná provenientes de una producción de no menos de 850.000 toneladas anuales de pulpa de celulosa. Estas empresas (…) contaminan el Paraná desde hace años”.
Rehén de grupos que son capaces hasta de agredir a personalidades que deberían en cualquier país serio estar a salvo de la barbarie, como Estela Carlotto y Julio Strassera, el Gobierno, sometido a la violencia extorsiva de “familiares” y “ambientalistas” se vanagloria de su olfato popular.
Pero el miedo no es cretino: entre ejercer un liderazgo y quedar pegado al rating, parece que la Casa Rosada ya eligió. Cualquier colectivo que vaya rumbo a la popularidad lo deja bien.
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2.19.2006

HAMBURGUESAS Y BALAZOS

La sangrienta tragedia del otro día en el McDonald’s de Callao al 100 exhibió un rasgo al que nadie prestó la atención. El asunto ya se ha difuminado, entre otras cosas porque el muchacho que asesinó a su amante y luego se suicidó era un policía federal y la chica era una estudiante de la escuela de esa institución.
Se estaban comiendo unas hamburguesas pero estaban armados. Él, por lo menos, almorzaba con el arma de la institución. Desavenencia, recurso final, pum, una muerta, pum, otro muerto y la gran pregunta: ¿hasta cuando en la Argentina seguiremos preservando la bárbara tradición de que los policías fuera de servicio tienen que ir y volver cargando esas armas del Estado que siempre producen desastres?
Las armas deberían ser tomadas en la comisaría al iniciar el turno y dejadas allí al terminar.
El uso de armas en personas de civil conduce a menudo a asesinatos de policías por delincuentes desesperados o al episodio del McDonald’s: son usadas por los mismos policías para protagonizar horrorosas venganzas personales.
Buenos Aires, domingo, 19 de febrero de 2006. 19.10