Enojo permanente
Pepe Eliaschev
Es poco probable que Néstor Kirchner haya leído alguna vez a León Trotsky, pero ¿no será que la palabra “permanente” usada por el estratega bolchevique lo fascinó en profundidad?
Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, acuñó a principios del siglo XX la noción de “revolución permanente”. Era, en las ensoñaciones del inteligente y volátil líder comunista, el concepto que anudaba lo que veía como irrompible cadena de estallidos sociales que llevarían al proletariado ruso de reclamaciones democráticas burguesas a transformaciones directamente colectivistas.
El Presidente no aspira a tanto. No lo apasiona la revolución incesante. No debería, además, ser ése su proyecto, ni jamás lo fue. Pero en algo ama la permanencia el Presidente: sus enojos son omnipresentes y sus retos al periodismo son denominadores comunes insistentes en sus arengas.
La semana que termina, Kirchner “atendió” desmesuradamente a Clarín y lo hizo con el peor de los enojos, que pretende encubrir en divagaciones campechanas y seudo cordiales.
El Presidente no es violento con el periodismo, ni en las palabras ni en los actos que produce. Su belicosidad se edifica de otra manera: al elegir adversarios mediáticos, aun cuando se esfuerza por lucir cordialidad paternal, gestualidad y conceptos antidemocráticos que subyacen en sus filípicas exhiben la permanencia de su bronca.
La bronca, desde luego, no es argumento republicano ni aconsejable método democrático para aclarar entuertos.
Kirchner hace esfuerzos admirables por ser, a su manera, cordial, pero le salen reclamos despechados. Al anunciar la licitación del plan de modernización ferroviaria, en la Casa Rosada, se explayó de manera asombrosa sobre un artículo de Clarín que anunciaba el comienzo de los estudios para reformar el sistema impositivo argentino. Desmesuradamente emocional, el Presidente intentó aplacar su furia con inútiles mieles condicionantes. Dijo que Clarín es “un prestigioso diario argentino”. Confesó hablar “con todo afecto y todo respeto, porque yo tengo respeto por esos periodistas”. Admitió: “me puedo equivocar, seguramente lo hago todos los días, pero mentir no miento”.
Sin embargo, al volver al punto ciego de su retina, el Presidente retomó uno de los caballos de batalla principales de Cristina Fernández de Kirchner, sobre el que insiste hace mucho: “No he visto a ningún diario ni a ningún periodista, o a la mayoría de ellos sacar fe de erratas o rectificarse. Ellos no se equivocan nunca, siempre dicen la verdad”, anunció.
De inmediato hizo una afirmación temible, como si desde el túnel de la historia rugieran los huracanes dialécticos de los feroces años Setenta: “Nos quieren escribir el país a través de su diario o de los medios. Se tienen que dar cuenta de que los argentinos ya hemos aprendido a desconfiar de ciertas cosas”.
El bueno y el malo, cachiporra impiadosa y –enseguida- café con un buen cigarrillo para conversar amablemente: “le quiero decir con todo respeto a este amigo periodista que respeto…”.
Lo que en un país serio, pero en serio, hubiese sido terso anuncio de prensa de la Presidencia, para Kirchner es episodio de dramatismo inaudito: “le pido a este amigo periodista que haga una fe de erratas, aunque sea chiquitita”.
Kirchner asegura que los blancos de su ataque “son buena gente, son buenos periodistas, tienen la suerte de trabajar en un buen diario”, pero enseguida, como lo hizo la campaña electoral de 2003 (“¡ayuden a este pingüino que está solo!”) reiteró “¿por qué no me ayudan un poquito? Ayúdenme, si soy un ser humano falible”. Y tras el abierto pedido de piedad, el análisis ideológico: “dejemos de lado esa actitud autodestructiva que a veces también la tienen los medios”.
Al final, carozo conceptual: “el día que escuche de los medios de prensa una autocrítica estamos empezando a andar una nueva Argentina, porque si no, ellos nunca se equivocaron. Uno va a creer más en un medio si tiene la capacidad de auto-criticarse o decir: 'tuve una mala información'”.
Acordes finales con sarcasmo elogioso al “prestigioso diario” y a “estos prestigiosos amigos” Y estocada final: “¿En qué mundo viven?”.
El Presidente defiende con razones válidas su condición de ciudadano con ideas y emociones. Hombre de carne y hueso, nadie puede quitarle esos atributos; ama y odia, elogia y critica, se alegra y se deprime, se entusiasma o se aburre. Obvio.
Pero en ese fervoroso reclamo de ser uno más, Kirchner se equivoca gruesamente. ¿Se equivoca? ¿No será que, al salir al ruedo con tanto voltaje, su investidura presidencial es una aplanadora que oblitera comentarios adversos?
No es un cualquiera: es el Presidente. Por eso el país le paga, a él y a su mujer, los viajes en helicóptero y los fines de semana en El Calafate a bordo del Tango 01. Como presidente de la Argentina, disfruta de prerrogativas, privilegios y ventajas que no son accesibles para el resto.
Pero cuando responde, replica, se ofusca y se emociona, no debería olvidar cuál es su función. En una república seria, errores o distorsiones son aclarados por funcionarios adecuadamente instruidos y capacitados para hacerlo, no por un Presidente a las trompadas:
Eso: a Kirchner le fascina boxear al periodismo, y cada vez que puede no pierde la ocasión.
Tocante a las virtudes del periodismo argentino en materia de introspección autocrítica, Kirchner es basto e injusto, gratuitamente ofensivo. Sus comentarios revelan un desconocimiento llamativo o esconden propósitos que no pueden ser santos. Además de PERFIL, que dedica dos páginas de cada edición a corregirse, excusarse, rectificarse o aclarar informaciones, en rúbrica que lleva la respetable firma de Nelson Castro. La Nación publica hace años una fe de erratas diarias. Somos varios los periodistas que asumimos el error con alegría y sentido del deber.
Pero imaginemos que no fuera así, que ningún medio y ningún periodista argentino se auto criticó jamás, ¿qué docencia hizo, en cambio, el Presidente?
Cuando metió la pata en el caso de los malhadados cassettes de la AMIA con grabaciones secretas (dijo que habían aparecido y no era así), en vez de asumir el error, culpó a la AMIA de haberlo malinterpretado. Y en cada acto de prepotencia contra el periodismo, abierta la posibilidad de rectificar, corregir o desautorizar a algún pequeño o pequeña López Rega, eligió esa proverbial “auto rectitud” de no asumir jamás fallas concretas, aunque en todo momento se ufane (generalizadamente, claro) de su humana falibilidad.
Permanente perfil de despecho: un Presidente enojado, sobre todo con los partidos políticos y con el periodismo. No con todos los políticos, claro, como demuestra la conmovedora kirchnerización de Carlos Ruckauf y Alfredo Atanasoff. No con todos los periodistas, tampoco, ¿o acaso no se fascina con sus monólogos con Radio 10?
Fue publicado y no es primicia, pero vale reiterar lo que Kirchner reveló a poco de asumir: “me lo anunció el propio Presidente en una conversación privada, en su despacho, en junio de 2003, a pocas semanas de asumir. Sentado a una larga mesa, me pidió un bolígrafo, manoteó un trozo de papel, y dibujó un gráfico elemental, un punto del que arrancan varias rayas hacia fuera. ‘Radial, así gobernaré’ me dijo, mientras añadía círculos concéntricos con la birome”. Radial: sin partidos, sin prensa, solo con el pueblo.
Este párrafo aparece en la página 20 del libro “La intemperie” (Fondo de Cultura Económica). Se publicó en septiembre de 2005 y su autor es quien firma esta columna.
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Pepe Eliaschev
Es poco probable que Néstor Kirchner haya leído alguna vez a León Trotsky, pero ¿no será que la palabra “permanente” usada por el estratega bolchevique lo fascinó en profundidad?
Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, acuñó a principios del siglo XX la noción de “revolución permanente”. Era, en las ensoñaciones del inteligente y volátil líder comunista, el concepto que anudaba lo que veía como irrompible cadena de estallidos sociales que llevarían al proletariado ruso de reclamaciones democráticas burguesas a transformaciones directamente colectivistas.
El Presidente no aspira a tanto. No lo apasiona la revolución incesante. No debería, además, ser ése su proyecto, ni jamás lo fue. Pero en algo ama la permanencia el Presidente: sus enojos son omnipresentes y sus retos al periodismo son denominadores comunes insistentes en sus arengas.
La semana que termina, Kirchner “atendió” desmesuradamente a Clarín y lo hizo con el peor de los enojos, que pretende encubrir en divagaciones campechanas y seudo cordiales.
El Presidente no es violento con el periodismo, ni en las palabras ni en los actos que produce. Su belicosidad se edifica de otra manera: al elegir adversarios mediáticos, aun cuando se esfuerza por lucir cordialidad paternal, gestualidad y conceptos antidemocráticos que subyacen en sus filípicas exhiben la permanencia de su bronca.
La bronca, desde luego, no es argumento republicano ni aconsejable método democrático para aclarar entuertos.
Kirchner hace esfuerzos admirables por ser, a su manera, cordial, pero le salen reclamos despechados. Al anunciar la licitación del plan de modernización ferroviaria, en la Casa Rosada, se explayó de manera asombrosa sobre un artículo de Clarín que anunciaba el comienzo de los estudios para reformar el sistema impositivo argentino. Desmesuradamente emocional, el Presidente intentó aplacar su furia con inútiles mieles condicionantes. Dijo que Clarín es “un prestigioso diario argentino”. Confesó hablar “con todo afecto y todo respeto, porque yo tengo respeto por esos periodistas”. Admitió: “me puedo equivocar, seguramente lo hago todos los días, pero mentir no miento”.
Sin embargo, al volver al punto ciego de su retina, el Presidente retomó uno de los caballos de batalla principales de Cristina Fernández de Kirchner, sobre el que insiste hace mucho: “No he visto a ningún diario ni a ningún periodista, o a la mayoría de ellos sacar fe de erratas o rectificarse. Ellos no se equivocan nunca, siempre dicen la verdad”, anunció.
De inmediato hizo una afirmación temible, como si desde el túnel de la historia rugieran los huracanes dialécticos de los feroces años Setenta: “Nos quieren escribir el país a través de su diario o de los medios. Se tienen que dar cuenta de que los argentinos ya hemos aprendido a desconfiar de ciertas cosas”.
El bueno y el malo, cachiporra impiadosa y –enseguida- café con un buen cigarrillo para conversar amablemente: “le quiero decir con todo respeto a este amigo periodista que respeto…”.
Lo que en un país serio, pero en serio, hubiese sido terso anuncio de prensa de la Presidencia, para Kirchner es episodio de dramatismo inaudito: “le pido a este amigo periodista que haga una fe de erratas, aunque sea chiquitita”.
Kirchner asegura que los blancos de su ataque “son buena gente, son buenos periodistas, tienen la suerte de trabajar en un buen diario”, pero enseguida, como lo hizo la campaña electoral de 2003 (“¡ayuden a este pingüino que está solo!”) reiteró “¿por qué no me ayudan un poquito? Ayúdenme, si soy un ser humano falible”. Y tras el abierto pedido de piedad, el análisis ideológico: “dejemos de lado esa actitud autodestructiva que a veces también la tienen los medios”.
Al final, carozo conceptual: “el día que escuche de los medios de prensa una autocrítica estamos empezando a andar una nueva Argentina, porque si no, ellos nunca se equivocaron. Uno va a creer más en un medio si tiene la capacidad de auto-criticarse o decir: 'tuve una mala información'”.
Acordes finales con sarcasmo elogioso al “prestigioso diario” y a “estos prestigiosos amigos” Y estocada final: “¿En qué mundo viven?”.
El Presidente defiende con razones válidas su condición de ciudadano con ideas y emociones. Hombre de carne y hueso, nadie puede quitarle esos atributos; ama y odia, elogia y critica, se alegra y se deprime, se entusiasma o se aburre. Obvio.
Pero en ese fervoroso reclamo de ser uno más, Kirchner se equivoca gruesamente. ¿Se equivoca? ¿No será que, al salir al ruedo con tanto voltaje, su investidura presidencial es una aplanadora que oblitera comentarios adversos?
No es un cualquiera: es el Presidente. Por eso el país le paga, a él y a su mujer, los viajes en helicóptero y los fines de semana en El Calafate a bordo del Tango 01. Como presidente de la Argentina, disfruta de prerrogativas, privilegios y ventajas que no son accesibles para el resto.
Pero cuando responde, replica, se ofusca y se emociona, no debería olvidar cuál es su función. En una república seria, errores o distorsiones son aclarados por funcionarios adecuadamente instruidos y capacitados para hacerlo, no por un Presidente a las trompadas:
Eso: a Kirchner le fascina boxear al periodismo, y cada vez que puede no pierde la ocasión.
Tocante a las virtudes del periodismo argentino en materia de introspección autocrítica, Kirchner es basto e injusto, gratuitamente ofensivo. Sus comentarios revelan un desconocimiento llamativo o esconden propósitos que no pueden ser santos. Además de PERFIL, que dedica dos páginas de cada edición a corregirse, excusarse, rectificarse o aclarar informaciones, en rúbrica que lleva la respetable firma de Nelson Castro. La Nación publica hace años una fe de erratas diarias. Somos varios los periodistas que asumimos el error con alegría y sentido del deber.
Pero imaginemos que no fuera así, que ningún medio y ningún periodista argentino se auto criticó jamás, ¿qué docencia hizo, en cambio, el Presidente?
Cuando metió la pata en el caso de los malhadados cassettes de la AMIA con grabaciones secretas (dijo que habían aparecido y no era así), en vez de asumir el error, culpó a la AMIA de haberlo malinterpretado. Y en cada acto de prepotencia contra el periodismo, abierta la posibilidad de rectificar, corregir o desautorizar a algún pequeño o pequeña López Rega, eligió esa proverbial “auto rectitud” de no asumir jamás fallas concretas, aunque en todo momento se ufane (generalizadamente, claro) de su humana falibilidad.
Permanente perfil de despecho: un Presidente enojado, sobre todo con los partidos políticos y con el periodismo. No con todos los políticos, claro, como demuestra la conmovedora kirchnerización de Carlos Ruckauf y Alfredo Atanasoff. No con todos los periodistas, tampoco, ¿o acaso no se fascina con sus monólogos con Radio 10?
Fue publicado y no es primicia, pero vale reiterar lo que Kirchner reveló a poco de asumir: “me lo anunció el propio Presidente en una conversación privada, en su despacho, en junio de 2003, a pocas semanas de asumir. Sentado a una larga mesa, me pidió un bolígrafo, manoteó un trozo de papel, y dibujó un gráfico elemental, un punto del que arrancan varias rayas hacia fuera. ‘Radial, así gobernaré’ me dijo, mientras añadía círculos concéntricos con la birome”. Radial: sin partidos, sin prensa, solo con el pueblo.
Este párrafo aparece en la página 20 del libro “La intemperie” (Fondo de Cultura Económica). Se publicó en septiembre de 2005 y su autor es quien firma esta columna.
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